Cuentos para quemar con un encendedor

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PUBLICADO EN

JUN, 2026

Cuentos para quemar con un encendedor

Con una prosa filosa y sin ornamentos, Sebastián Fischer narra personajes al borde, vínculos rotos y pequeñas violencias cotidianas. Cuentos para quemar con un encendedor propone historias breves e intensas que arden rápido, pero dejan una brasa encendida mucho después del final.

Sobre el autor

Sebastián Fischer (Buenos Aires, Argentina, 1972)

Fotógrafo durante años y radicado en Barcelona desde 2001, encontró en la escritura un nuevo territorio expresivo después de una crisis personal. Está vinculado a proyectos culturales y al fútbol de barrio.

Sobre el libro

«Cuentos para quemar con un encedor» es el vigésimo noveno volumen de la Colección Entrelíneas. Portada rústica sin solapas. Tamaño 20×14 cm. 156 páginas. ISBN 29-788415-525776. Primera edición: junio 2026.

Prólogo

Sebastián Fischer escribe como quien revela un rollo viejo: sabe que en la imagen va a aparecer algo más de lo que fue a buscar. En estos cuentos hay noches de barrio, derrotas sentimentales, restos de militancia, personajes corridos del centro y una oscuridad que nunca es decorativa. Está puesta para alumbrar otra cosa.

Quizás por eso Cuentos para quemar con un encendedor tiene un título tan preciso: no promete duración, promete intensidad. Son historias para consumirse rápido, sí, pero dejar olor a humo después. La conversación con Sebastián daba una pista clave. Antes de encontrar en la escritura un canal propio, encontró en la fotografía una manera de mirar. Ese entrenamiento sigue acá. Muchos relatos parecen construidos como escenas: una luz, un gesto, un clima moral. Hay algo de fotógrafo en el narrador que elige dónde poner foco y qué dejar en sombra. Pero además aparece otra corriente subterránea: la necesidad de saldar cuentas con una juventud argentina marcada por pérdidas, política y desarraigo. No se trata de autobiografía pura, sino de una imaginación que trabaja con materiales vividos hasta volverlos otra cosa. Ese desplazamiento es donde estos cuentos encuentran fuerza. Nada busca agradar. Incluso cuando aparece ternura, llega raspada. Fischer confía en una narrativa que no explica demasiado, que deja zonas sin domesticar. Esa crudeza no es pose: es una ética. Como en esas fotos que mostró para la portada —cafés gastados, trenes, rostros medio velados— lo importante nunca es el objeto sino la tensión que respira alrededor. Este libro trabaja ahí. En esa combustión mínima entre memoria y peligro. Y cuando prende, prende de verdad.