Sobre la autora

Clara Tissera (Río Segundo, Argentina, 1989)
Es escritora y profesional del marketing vinculada con experiencias de clientes, eventos y comunicación. Escribe desde chica canciones, textos y relatos atravesados por la música, la imaginación y los vínculos. Vivió trece años en Córdoba capital y actualmente reside en Río Segundo.
Sobre el libro
«El día que llegué tarde a todo» es el décimo tercer volumen de la Colección Novela Humana. Portada rústica sin solapas. Tamaño 20×14 cm. 156 páginas. ISBN 13-788415-525820. Primera edición: septiembre 2026.
Prólogo
Lucy llega tarde a todo. Llega tarde al trabajo, a los planes, a las respuestas, a veces incluso a su propia vida. Esa demora, que al principio parece apenas un rasgo de carácter, se convierte en la llave de una novela construida con pistas pequeñas: un jazmín, un labial rosa, una niña que aparece y desaparece, un reloj que insiste, una oferta laboral pendiente, una mujer llamada Sol que dice conocerla y la invita a entrar en un lugar donde alguien preparó una celebración extraña.
El día que llegué tarde a todo trabaja con una pregunta delicada: qué pasaría si pudiéramos mirar nuestros vínculos desde otro umbral, cuando ya no queda tiempo para corregirlos de la manera habitual, pero todavía existe una última forma de comprender. Clara Lina Tissera escribe una historia de clima íntimo, con elementos de realismo mágico y una sensibilidad muy atenta a las señales. No busca el truco, sino el temblor de volver a ver a quienes amamos, a quienes herimos, a quienes no supimos perdonar del todo. La novela avanza como una fiesta misteriosa en la que cada encuentro abre una habitación de la memoria. Y en ese recorrido, Lucy descubre que llegar tarde no siempre significa haber perdido la oportunidad. A veces significa que alguien, en algún lugar imposible, todavía nos está esperando para mostrarnos lo que no vimos.
El día que llegué tarde a todo
Bienvenidos al universo de Lucy.
Así nació El día que llegué tarde a todo.
La historia detrás de la historia.
Hace aproximadamente un año y medio, mientras me recuperaba de las heridas de una cirugía, pintaba de negro las ventanas de mi casa, a la cual me acababa de mudar y que todavía seguía en obra. Sentada en un banquito viejo, permanecía un poco inmóvil para no desgarrarme de nuevo. Pero eso solo aplicaba al cuerpo: mi mente estaba a mil.
Tenía puestos mis auriculares blancos, los eternos, los que uso para todo —hoy manchados de pintura negra— y ponía de fondo canciones en inglés que no conocía. En lugar de escuchar la letra, me inventaba historias según lo que la melodía me iba transmitiendo.
Paréntesis. Por favor, díganme que alguien más hace esta flasheada, porque si no, me muero de vergüenza… es una práctica que llevo a cabo desde que era chica, cuando no sabía nada de inglés y me desesperaba por cantar algo que no entendía.
Hasta que, de pronto, le puse la historia que escribí a una canción desconocida para mí. Fue fluyendo y, en esa mini versión de cuatro minutos, dejé la base de lo que hoy es mi primera novela. Ahí mismo, pincelada tras pincelada, cada parte iba cayendo como un Tetris en mi mente.
Pasaron los días y, aunque según yo estaba siendo cuidadosa, de tanto pintar y subir y bajar del banquito, volví a desgarrarme la herida, esta vez por dentro, y estuve expresamente obligada a frenar. ¿Vieron que siempre dicen: «no hay mal que por bien no venga»? Bueno, les doy mi palabra de que así es. Si una herida sangrando no me hubiera detenido inmóvil en mi casa, nunca hubiera escrito mi historia.
Soy geminiana, así que me senté súper inspirada y en dos o tres días escribí toda la base: los personajes, lo que pasaba, el desenlace. Acto seguido, me distraje con otra cosa y la abandoné durante unos meses.
Cuando me sentí mejor y, obviamente, pintar ventanas ya no era lo más interesante que tenía para hacer, descubrí que había desarrollado toda una serie de capas y situaciones que podían enriquecerla. Volví a la silla y, ahora sí, me dediqué días y días a escribir.
Cuando quise pestañear, ya había pasado un año. Sentí que esto sería una más de mis miles de fantasías lanzadas al aire. Otro pasatiempo que llega para irse antes de terminar de aprender el arte de lo que estoy haciendo.
Así pasó un año clave para mí. Casa nueva, ciudad nueva, cicatriz nueva, puesto de trabajo nuevo… novela nueva. Y ahí pasó la magia: por primera vez en mi corta pero intensa existencia, a pesar de todos los logros que obtuve hasta el día de hoy, sentí que lo que había hecho no me daba vergüenza. Que era algo potente y que podía compartirlo con el mundo. Un día supe que iba a darle vida a Lucy, una feliz vida y contra todo pronóstico. ¡Y lo hice!
Y lo más importante es que si alguien lo lee y no le gusta, está bien, no cambia nada para mí, porque esa historia es un poco de mí. Y si algo tengo en claro desde siempre es que yo no vine a gustarle a todo el mundo. De hecho, puedo llegar a gustarles más después de un par de «releídas». O, por el contrario, algunos solo me han juzgado por la portada. Para bien y para mal.
Yo solo puse los sentimientos en unas páginas en blanco. ¿Cómo sigue?
Quizás termine de pintar las ventanas, al fin.
Quizás termine la segunda parte, que ya está en proceso.
Quizás todo quede en nada, o no; a lo mejor esto se vuelve algo lindo y me dan ganas de quedarme un rato a descubrir hasta dónde puedo llegar. Después de todo, siempre encontraré algo para pintar en casa y una historia para contar en mi mente.
Estas fueron las otras opciones de portada.
Antes de llegar a la definitiva, hubo otros caminos.




La playlist de Lucy.
Estas son las canciones que sonaban en sus auriculares todas las mañanas, en el mismo trayecto de siempre.
La inspiración real detrás de cada personaje.
Susana
Pá
Celeste
Agus
Darío
India
Anita
La niña
Este capítulo quedó afuera.
Pero si lo leés podés conocer mucho más a Lucy.
La pequeña Lucy
A veces la vida es desgraciada. Y decir «a veces» es ser generoso. Lucy siempre sintió que había una ley universal persiguiéndola desde chica: la vida no es justa. Sí, con negrita, subrayado y resaltador.
Fue una frase que leyó suelta en un libro: «Ley Primera», decía. Al principio no la entendió, le pareció pesimista; con el tiempo la tomó como bandera. Más de una vez pensó en tatuársela, pero siempre le dio miedo que cargar esa frase en la piel fuera como atraer una maldición rara. Afirmarla demasiado. Convertirla en mandato. Mejor no tentar al destino. Le impresionaba ver gente «mala» a la que las cosas siempre le salían bien, y al revés. Gente millonaria que no sabía qué hacer con su fortuna y gente pobrísima, viviendo en la miseria. A veces pasaba noches desveladas pensando en cómo hacer el mundo mejor. Pero apenas podía con su propio mundo.
En su infancia no tuvo grandes lujos; de hecho, tuvo lo justo y necesario. Nada ostentoso, y mucho menos vacaciones como las de sus compañeritos del cole. Quizás por eso amaba tanto poder viajar de grande. Fue una nena amorosa, enamorada de todos los animales del mundo. Se estima que adoptó cerca de veinte criaturas durante su niñez: perros, gatos, pájaros, lo que apareciera. Veía un bicho indefenso —solo, mojado, asustado— y automáticamente terminaba escondido dentro de su sweater, camino a casa. Sabía perfectamente que después venían los retos, las responsabilidades y los sermones eternos… pero no podía evitarlo. Era más fuerte que ella.
Lucy no se quedaba a dormir en casas ajenas. Podía «callejear todo el día», como decía su mamá, pero cuando terminaba la aventura necesitaba volver a su lugar en el mundo: el olor a comida casera, la cocina calentita, la voz de su mamá moviéndose por la casa. Si podía, la ayudaba, aunque fuera un estorbo. Y después se ponía el pijama gastado y se acostaba a leer alguno de los cuentos que le había regalado su padrino Darío. Tenía grabado a fuego lo que sintió cuando intentó quedarse a dormir en la casa de su tía, que vivía en un pueblo vecino, a dos kilómetros. Cuando su tía entró a darle las buenas noches, se encontró con Lucy llorando bajo las sábanas. No tuvo más remedio que tomar un taxi y devolverla a su casa: a sus padres, su cama y sus cosas. Ella se justificaba diciendo:
—Es que Zoe, mi perrita, me extraña.
Era una derrota admitir que era ella la que añoraba el calor y el caos de su hogar tan particular. Si hubiera que describirla en una sola palabra, sería: despeinada. Siempre andaba despeinada. Le podían hacer trenzas que parecían amuradas al cuero cabelludo y, aun así, a la hora los pelos ya estaban por cualquier lado. Era un don, o una maldición, según quién lo mirara. Ser «una señorita» jamás le salió. Y eso, para su abuela materna, era casi un crimen. Cada reunión familiar venía acompañada de frases con una carga que lastima hasta hoy.
Los comentarios sobre su postura eran tema de charla: con un golpecito —ni fuerte ni violento, apenas una palmadita— y un gesto de disconformidad, su abuela le marcaba sin disimulo que estaba encorvada. A Lucy todavía la divierte, hoy en día, cuando toma conciencia de su cuerpo y se encuentra doblada como una banana frente a la computadora. No puede evitar las voces en su cabeza: «¿Qué pensará la abuela?».
Otro tema que le ponía los pelos de punta a Susana era cuando la abuela comparaba a su pequeña hija con las otras nenas de su edad y alegaba que era demasiado tosca, o que las nenas bien no hacían ciertas cosas, como treparse a los árboles o jugar a la pelota con los varones. Si le preguntás a Lucy, esos fueron sin duda los mejores momentos de su infancia: cuando se olvidaba de que debía ser una señorita y tenía rienda suelta para ser quien quisiera. Eso definió su esencia.
Todos estos episodios la marcaron. Sobre todo en la adolescencia: con las hormonas en pleno crecimiento y la autoestima quebradiza, sentía que jamás iba a ser «bonita» como sus primas. Pero un día entendió que lo bello también venía de otro lado, que lo suyo era la dulzura, la risa fácil, la energía caótica pero bondadosa. Que su brillo estaba en la personalidad, no en peinarse una raya perfecta al medio. Tuvo millones de amigos, y ni hablar de amores. Pero, cuanto más grande se hacía, más claro tenía que prefería un círculo chico y de calidad antes que uno gigante y lleno de vínculos descartables, «tipo producción china».
Lucy creció esperando aprobación, como les pasa a miles de chicos en silencio. Aprendió a ser fuerte cuando necesitaba un abrazo. Aprendió a ser graciosa cuando tenía miedo. Y cada vez que algo dolía, le armaba un chiste encima, como si la risa pudiera vendar heridas invisibles. Cuando nadie la abrazaba, se abrazaba sola. Cuando se caía y se raspaba entera, se sacudía las rodillas, se limpiaba los jeans rotos y seguía caminando. Una canción que amaba decía:
«El pasto es verde.
Pero creo que manché mis jeans
y ahora todo el mundo sabrá que estuve ahí».
Ese estribillo le enseñó algo simple: una puede seguir caminando. Lo que no siempre puede es fingir que no pasó por ahí.
Así, sin mucha ayuda y con mucho corazón, convirtió su vida en una comedia dramática preciosa: una obra propia llamada «Supervivencia». Escrita en diarios con lapiceras de brillitos. Cuando la nostalgia la alcanzaba, siempre volvía a los seis años: se veía sentada jugando en el piso mientras sus papás discutían en otra habitación, sin que ella entendiera bien qué pasaba. Y también volvía a los otros momentos, los buenos: su papá tocando la guitarra en noches de tormenta, cantando canciones ochentosas cuyo nombre nunca aprendió; su mamá cocinando algo rico —que, según su criterio, eran salchichas con puré— mientras ella esperaba que la llamaran a cenar. La humilde casita donde, cada vez que sentía frío, había una salamandra prendida dándole el calorcito que necesitaba.
Aún hoy, el aroma a humito le recuerda los inviernos en su hogar. Unas manzanas puestas en las brasas eran el postre perfecto después del estofado de mamá. Cele solía hacer la tarea, siempre fue la responsable; ella, en cambio, desplegaba todos sus colores en la mesa y prefería pasar el tiempo pintando. Si aparecía un chaparrón, eran felices a la enésima potencia: el ruido de las gotas golpeando la chapa del techo les sonaba a música. Esa memoria sigue firme en Lucy: la lluvia en la chapa, el olorcito a humo del hogar, las manzanas asadas, los dibujos, las canciones ochentosas, el estofado de mamá.
Esos fragmentos simples, esas pavadas chiquitas, son las que le llenaron el corazón. No los regalos ni los grandes actos: los olores, los sonidos, las pequeñas rutinas que, sin darse cuenta, la construyeron. Será por eso que cuando el frío empezaba a disiparse y el verano asomaba, la invadía una sensación tóxica de vacío… Nunca supo explicar ese sentimiento que la abrumaba por completo. Pero ninguna melodía sonaba tan linda sin el humito saliendo de la chimenea.
A Lucy le tocó ser «adulta» de muy chica. Sus padres la trajeron al mundo muy jóvenes y criaron a sus dos hijas mientras se criaban a ellos mismos. La economía familiar no era buena. Su papá era operario de una fábrica, con el sueño de triunfar en la música. Quizás se le hubiera cumplido, pero tuvo un obstáculo en el medio: nació su primera hija, Lucy. Aunque él nunca le dijo algo así, era imposible no leerlo entre líneas cuando lo escuchaba quejarse por haber tenido que dejar su gran sueño de lado.
Su mamá era docente de primaria. Amaba lo que hacía; para ella, eso y su familia eran suficiente. Siempre apoyó a su esposo en la búsqueda de su sueño, aunque estaba claro que el sueño no dependía demasiado de ese apoyo. Y, sin vueltas: un operario de medio tiempo en una fábrica y una docente que durante muchos años trabajó ad honorem no eran una combinación millonaria.
Uno de sus traumas favoritos —que recicló hasta convertirlo, con los años, en una anécdota divertida— es la Navidad número siete de Lucy, en la que Papá Noel no apareció con regalos bajo el arbolito. Y eso que todos sus amigos del barrio habían recibido regalos ostentosos. Las hermanas lloraron un buen rato, preguntándose: «¿Por qué Papá Noel no nos quiso?», «¿Nos portamos mal este año?». Su mamá no aguantó más la presión y, en una escena de llanto y dolor, les confesó que Papá Noel no existía y que no había plata para regalos. Para Lucy, eso significó ser la única de su grado y de sus amigos que tenía que guardar el secreto. Esperó pacientemente a que, con los años, todos se fueran enterando, para poder fingir que ella se enteraba al mismo tiempo. La marcó tanto que nunca volvió a disfrutar las Navidades. Sintió que no tuvo tiempo de disfrutar la inocencia de las cosas chiquitas, como buscar a Noel en el cielo mientras los adultos distraen a los demás chicos para poner los regalos bajo el árbol.
A veces se pregunta si callar tanto de chica fue su forma más temprana de sobrevivir. Si alguien la hubiera cuidado como necesitaba, ¿habría sido otra mujer? ¿O la vida se escribe sola, sin pedir permiso, y una hace lo que puede con las cartas que le tocaron?
Por momentos, Lucy no sabía si era una sobreviviente suave o un arma letal diseñada para resistir como sea. Pero daba lo mismo: pasara lo que pasara, siempre encontraba la manera de ponerle una sonrisa, una ironía o una buena canción al desorden que la vida le tirara. Ese era su superpoder.
Mientras hojea el diario que le dio Sol al principio, siente que vuelve a ser esa nena. Con esos problemas que parecían el fin del mundo y que hoy le dan tanta ternura y gracia. También ve su lista de metas, tan inocente y dulce a la vez. Lucy tenía la capacidad de ser todo en una sola carilla: caos, paz, dulzura, veneno. Cuánta pasión contenida, aun cuando tenía seis años.
—Hubo una época en la que pensé que podía lograr todo lo que quisiera.
Suelta una risita irónica. Y Sol, que venía funcionando como una gurú personal, la contradice:
—Pero lograste un montón de cosas hermosas. No seas tan dura con vos misma.
—Lo sé, no me estoy quejando. Pero le debo varias cosas de la lista a esta nena que tenía fe en mi yo de hoy. Y siento que ya me estoy quedando sin tiempo para lograrlas.
—No lo veas así. No todo sucede como lo planeamos. Es ley.
Se lo dice como si las dos hubieran leído el mismo libro cliché de autoayuda que les gritó en la cara «¡La vida no es justa!». Lucy no entiende del todo los dichos de Sol; prefiere abrazar la nostalgia de las cosas que todavía le faltan hacer. Por ella. Por la pequeña Lucy.
La galería del celular de Lucy
postales sueltas, muy LucyMartes, 24 de junio de 2025
tal como aparecería en su rollo de fotos
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Ver qué pasó 3 años despuésSobre la autora
Clarina