Abajo del agua todos vemos lo mismo

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Abajo del agua todos vemos lo mismo

Relatos intimistas sobre afectos, memoria y pequeños rituales cotidianos. Entre el deseo, la pérdida, el amor, la muerte y el paso del tiempo, estos cuentos miran lo doméstico como un territorio revelador: allí donde una taza, una mesa o una frase pueden cambiar la forma de entender una vida.

Sobre la autora

Agustina Pereira (La Plata, Argentina, 1974)

Es politóloga y escritora. Trabajó en gestión de programas para el desarrollo y en fortalecimiento institucional y democracia. Escribe desde chica y en 2015 comenzó a formarse en talleres literarios, donde encontró en la ficción una forma de explorar memoria, afectos y vida cotidiana.

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Sobre el libro

«Abajo del agua todos vemos lo mismo» es el tercer volumen de la Colección Hormiguero. Portada rústica sin solapas. Tamaño 20×14 cm. 156 páginas. ISBN 03-788415-525783. Primera edición: julio 2026.

Prólogo

Abajo del agua todos vemos lo mismo reúne cuentos donde los gestos mínimos importan porque alrededor de ellos se ordena una vida. Agustina Pereira escribe desde una sensibilidad atenta a los rituales cotidianos: una taza servida, una mesa, una casa, una frase dicha a destiempo, una orilla que aparece cuando alguien ya no sabe hasta dónde puede llegar.

En sus relatos los personajes no viven grandes aventuras externas, pero atraviesan movimientos decisivos: separaciones, deseos, pérdidas, amores que se apagan o se transforman, muertes cercanas, recuerdos que vuelven a pedir lugar. Hay en el libro una intimidad trabajada con cuidado, una manera de mirar lo doméstico sin reducirlo a lo pequeño. Lo cotidiano, acá, no es simple; es el territorio donde se revelan las tensiones más profundas. Quizá por eso la autora se acerca a sus escenas con una prosa serena, por momentos poética, que parece escuchar antes de nombrar. No busca imponer una emoción, sino dejar que aparezca en el detalle justo. También hay una conciencia del paso del tiempo: lo que fuimos, lo que dejamos de ser, lo que todavía insistimos en conservar mediante pequeñas ceremonias. Estos cuentos entienden que una vida se compone menos de hechos extraordinarios que de repeticiones cargadas de sentido. Abajo del agua todos vemos lo mismo habla de esos momentos en que algo común se vuelve revelador y de la forma en que, a veces, una persona solo entiende su historia cuando se detiene a mirar lo que hacía todos los días, incluso sin saber que ahí estaba la verdad todavía esperando.

Galería de imágenes

Bonus track, 1

Nos casamos en otoño. Siempre imaginé la primavera. Pero mi familia consiguió el campo antes de tiempo y cuando él dijo que era una oportunidad, la fecha cambió sin que nadie preguntara demasiado. En junio casi no hay insectos. Las ranas cantan apenas amanece y cuando baja el sol. Él repetía esos detalles como si una idea de organización cancelara cualquier desvío.

Desde lejos lo veía esperándome en el altar. Movía apenas la cabeza buscándome entre los invitados: parecía un hombre enamorado. Yo también parecía enamorada. Durante años pensé que el matrimonio era eso: aprender a sostener una escena, como una actriz de reparto o protagonista, de acuerdo al humor del día.

Con el tiempo compramos una casa, tuvimos una hija, un perro, fijamos los viernes de cenas con parejas amigas, vacaciones en el mismo destino cada año, fotografías iguales. Todo encontraba su lugar, incluso las discusiones. Él necesitaba que las rutinas encastraran, que cada objeto tuviera su par, cada domingo su rutina, cada gasto su comprobante. Yo empecé a descubrir que no soportaba el silencio de los personajes que actuaba, aunque viviera en un caos de organizado. 

Con el paso del tiempo también dejé de corregirlo. Si confundía mi nombre por otro, lo dejaba pasar. Si elegía un restaurante que detestaba, sonreía. Si compraba algo para los dos cuando yo no lo había pedido, le agradecía. También empecé a descubrir que la resignación cansa menos que la discusión. Con el tiempo ya conocía todos sus gestos, esa especie de parpadeo entre la nariz y el labio que hacía cuando se sentía desorientado. Sabía cuándo estaba preocupado por el dinero, aunque hablara del clima. Sabía cuándo sonreía para una foto y cuándo porque realmente algo le hacía gracia. Sabía cuándo me abrazaba para que lo vieran. También sabía que había aprendido a quererme de memoria.

La fiesta de mi cumpleaños empezó temprano. Él caminaba entre las mesas preguntando si faltaba hielo, si el champagne estaba frío, si el fotógrafo había registrado la llegada de todos. Nunca entendió que una fiesta no se recuerda por las fotos sino por aquello que no puede fotografiarse.

Yo saludaba. Beso. Sonrisa. Otra foto. Otra copa. Otra mesa. Fue entonces cuando la vi. La morocha. No era más linda que yo. Ni más joven. Ni siquiera parecía hacer un esfuerzo por llamar la atención. Lo que tenía era otra cosa. Ella parecía una morocha enamorada.

Él cambió apenas la postura cuando ella le tomó la mano para saludarlo. Fue un movimiento mínimo. Entre la nariz y la boca. 

Si no hubiera vivido treinta años con ese cuerpo, no lo habría notado. Yo sí. No sentí celos. Sentí descanso.

Durante el baile él volvió a besarme cada vez que encontraba una cámara. Yo respondía como quien huele perfume y está resfriado.

Pensé en el regalo que tanto ocultaba. Llevaba semanas diciendo que me sorprendería. Conozco esa manera que tiene de entusiasmarse. Como un simple hombre que administra su existencia como un balance contable 

Dos lotes. Uno para cada uno. Juntos. Esas palabras atravesaron el salón con una naturalidad  y entusiasmoinsoportable.

Aplaudieron. Yo también. Hay aplausos que son apenas una forma elegante de contener con las manos el silencio de la liberación.

Bonus track, 2

Fue dotado de magia, frescura y risas. Su familia también prefería contar que las miserias y las medias rotas eran a causa de las langostas. Era una familia de lentos hacedores de buenos momentos, y sabrosos guisos de olla. Ni sus tíos ni sus abuelos salían a trabajar, solo las dos gemelas y el niño Juan, que iban los lunes a baldear la cuadra de la panadería, a la esquina de la escuela a subastar su presencia, y los domingos a la parroquia a limpiar después de misa. Todo por unas monedas, unos panes, algún abrigo, una canasta navideña y alguna limosna que guardaban en la parroquia. Y las flores blancas que el niño Juan, de manera muy sigilosa se llevaba del altar.  

Él pensaba que eran las mismas flores que le contaba su abuela que había el día de su nacimiento, y al terminar de trapear el piso del altar, se armaba un ramito, del tamaño de su mano, para llevar a casa, un ramito. Por eso era considerado un tonto por su familia, por el humilde tamañao del ramo, aunque era un niño de gran belleza. Una imagen barroca de angelito de un fresco italiano. Y por eso también le decían el niño Juan, era tan bello y luminoso como la estatua de la parroquia del niño Jesús, aunque su mirada era mucho más chispeante, pícara, tanto como para armar su humilde ramo de flores blancas. 

Aquel martes las gemelas regresaron a la parroquia al caer el sol. A la mañana siguiente cumpliría el niño Juan sus ocho años y le querían regalar otro ramo de flores. 

Alguien desde en un departamento solitario, una ventana de luz tibia, de la vereda de enfrente a la iglesia, las pudo ver bajando la escalinata principal por la noche, con dos ramos grandes cada una, y una complicidad evidente en sus risas. Idénticas, exactas en su tamaño y destreza. Su altura y el ritmo de su trote al bajar los escalones y los ramos en mano. A lo lejos, sus vestidos sucios y pelos ajetreados parecían trajes y peinados de revista. “Qué feliz es la infancia duradera”, se dijo en silencio la señora que las miraba desde la ventana, mientras caían del cielo flores blancas. Hacía varios años ella misma había visto con gélido ojo, deslizar y desaparecer antes de tocar el suelo los copos de flor.

Al llegar a su casa las gemelas, se sacaron los zapatos y medias. húmedos y pesados. Sacudieron sus cuerpos con ágil displicencia y pusieron las flores en varios frascos con agua, justo en el rincón donde el niño Juan dejaba la ropa doblada para el día siguiente. Lo hicieron con cuidado y amor, como todo lo que ellas rodeaban. 

El niño Juan dormía. Las gemelas, cuidadosamente también le acariciaron la cabeza con dulzura y ahuyentaron un insecto que lo merodeaba, que parecía arrullarlo más que molestarlo.  ¿Quién nace? o ¿quién muere? Las únicas preocupaciones que acompañaban al niño Juan hasta en sus sueños. Nada más. Murió allí esa noche. Suavemente, acompañado de una copiosa lluvia de flores blancas.

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