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FEDERICO BAZáN / GODOFREDO, VIDAS INACABADAS

«Godofredo ese chico que fui, y quiero darle la voz que no tuve»

Federico Bazán es cineasta y vivió muchos años en Francia antes de volver a la Argentina. Desde chico escribió, dibujó y armó títeres mientras observaba en silencio a una familia que sentía demasiado grande para él. «Godofredo, vidas inacabadas» nace de textos autobiográficos escritos a lo largo de décadas y de una pregunta que todavía lo acompaña: cómo darle voz al chico que entonces no la tenía.

PRIMERA CONVERSACIÓN · 16 de agosto de 2026 · 17:15

HERNÁN CASCIARI: Vos me conocés hace bastante, ¿no?

FEDERICO BAZÁN: Sí. El primer contacto que tuve con vos no fue por algo que hubiera leído, sino por la historia de la valija de Messi. A mí esa anécdota me quedó muy cerca porque viví muchos años en Francia y conocí a mucha gente que estaba siempre con la valija preparada para volver a la Argentina.

H: ¿Cuánto tiempo viviste allá?

F: Me fui a Francia en 1980 con mi mujer y volví en 1997. Allá estudié francés, rendí los exámenes y terminé teniendo nacionalidad francesa. Durante muchos años no podía volver a la Argentina y viajaba por otros países de Europa.

H: ¿Y profesionalmente qué hiciste durante todos esos años?

F: Yo estudié cine. Antes había empezado ingeniería, la dejé en medio de una crisis y terminé encontrándome con el cine. La carrera duraba cuatro años y la hice en cuatro años. Trabajé toda mi vida en eso. Hice muchas películas, también trabajos documentales y materiales de una época muy intensa del país.

H: O sea que tu relación con la narración viene primero por la imagen.

F: Sí, aunque escribir también escribí desde chico. De hecho tengo un libro que me regaló mi madre cuando yo tenía nueve años y donde puso “Primeros versos de Federico Bazán”. Yo después, medio en broma, le puse “Primeros versos de Godofredo de Bullón”.

H: Ahí aparece Godofredo.

F: Sí. Porque de chico yo sentía que no tenía palabra en mi familia. Era un chico raro, muy callado. Observaba todo: las peleas, las miserias, los personajes de la familia. Entonces escribía, dibujaba, hacía teatro de títeres. Muchas de esas cosas las rompí, pero algo quedó.

H: ¿Qué lugar ocupa esa infancia en el libro?

F: Es central. Yo sentía que había sido bastante aniquilado como niño, que no tenía mucha voz. Mis tíos me decían que era pusilánime. Yo buscaba la palabra en el diccionario y entendía que significaba alguien que no toma decisiones. Pero pensaba: ¿qué decisiones puede tomar un chico de once años?

H: ¿Y desde ahí empezaste a construir una especie de autobiografía?

F: Sí. La idea es que cada momento importante de mi infancia y mi adolescencia tiene un relato. A veces es una página, a veces dos, a veces más. Son como puntos nodales y quiero que cada capítulo crezca alrededor de uno de esos núcleos.

H: ¿Por ejemplo?

F: El tío Dardo. Era un personaje increíble de mi familia. Fue docente, carnicero, director de circo. Como yo era el raro, él me mostraba otra clase de rareza posible. Y de él ya había escrito un cuento en su momento.

H: Entonces el libro no nace ahora: nace de textos escritos a lo largo de muchos años.

F: Exactamente. Lo que estoy haciendo ahora es ordenar, revisar y darles una estructura. Durante mucho tiempo fue material muy disperso.

H: En algún momento me mencionaste también otro libro tuyo.

F: Sí, tengo un libro que se llama «Ollita», que ya va por la tercera edición. El problema es que la editorial no lo distribuye y me toca hacerlo a mí. Eso me llevó a viajar mucho, presentar el libro y moverlo por mi cuenta.

H: ¿Y este proyecto nuevo en qué estado está?

F: Llegué a tener unas cincuenta y cuatro mil palabras. Era muchísimo y además el comienzo estaba muy en bruto, casi como un vómito. Empecé a corregirlo y ya trabajé alrededor de veinticinco mil.

H: Eso ya está mucho más cerca de la extensión que necesitamos.

F: Sí. El problema es que siento que hay demasiado material y que quizá debería dividirlo en dos partes.

H: Puede ser. Pero antes de decidir eso hay que encontrar cuál es el libro. Si hay una primera parte que tiene identidad, recorrido y cierre, trabajamos esa. El resto no se pierde: queda para después.

F: Eso es lo que quiero. Terminar bien la primera parte.

H: Y no hace falta contar toda una vida para que una autobiografía funcione. A veces alcanza con encontrar el tramo que tiene una forma propia.

F: Sí. Yo además quiero trabajar mucho el punto de vista. Me interesa algo parecido a lo que hizo Joyce en «Retrato del artista adolescente»: empezar con una mirada más externa y que después la voz vaya acercándose.

H: Eso es buen material para trabajar con un editor, porque ahí ya no estamos hablando solamente de recuerdos sino de una decisión narrativa.

F: Exactamente. Yo quiero que no sea simplemente una acumulación de recuerdos.

H: Por eso la edición va a servir. Vamos a mirar estructura, voz, selección, ritmo y también cuánto material queda realmente adentro. El objetivo no es preservar todo, sino construir el mejor libro posible.

F: Bien. Eso es lo que necesito.

H: Y por lo que me contás, «Godofredo» funciona también como una especie de alter ego.

F: Sí. Es una manera de mirar a ese chico que fui y darle una voz que en ese momento no tenía.

H: Ahí me parece que está el corazón del libro.

F: Yo también lo siento así.

H: Entonces hagamos una cosa: concentremos todo en esa primera parte, llevémosla a una extensión razonable y veamos qué recorrido tiene por sí sola. Si después hay otro libro, mejor.

F: Perfecto. Quiero terminar este primero.

H: Bueno, Federico. Empecemos por ahí.

F: Dale. Eso es lo que quiero hacer.