HERNÁN CASCIARI: Bueno, llegamos a donde tenemos que llegar. ¿Cómo estás, José Luis? ¿Me escuchás?
JOSÉ LUIS MARINA: Hola, ¿qué tal? Ahora sí. Qué emoción.
H: ¿Cómo va eso?
J: Bien, todo bien.
H: ¿Dónde estás? ¿En qué parte del mundo te estoy encontrando?
J: Estoy en Capital.
H: ¿Y vivís ahí desde siempre? ¿Sos porteño de toda la vida?
J: Sí, soy porteño. También tengo una quinta cerca de donde estás vos.
H: Yo estoy en San Antonio de Areco.
J: Ah, no, en Parada Robles tengo una casita. A veces estoy desde ahí.
H: Mirá qué bien. Y contame de «Uno nunca sabe». Contame del libro.
J: Siempre me gustó escribir, pero en realidad soy violinista. Mi profesión es violinista.
H: Ah, qué hermoso. Me encanta.
J: Viajé mucho. Conocí a un pianista de Luján y con él fuimos a Japón. Y en diciembre tuve un accidente. Ahora tengo una prótesis en el hombro y todavía estoy con operaciones y cirugías. No puedo tocar más. A partir de ahí me agarró un bajón, empecé a estudiar otras cosas y me puse a escribir, escribir, escribir.
H: ¿Cuánto tiempo hace del accidente?
J: Desde diciembre. Y este libro es posterior, aunque algunas historias vienen de hace mucho tiempo. Me puse a trabajar doce, catorce horas por día. Escribo y corrijo. Obviamente van mutando y cambiando. Anoche mismo me agarró una desesperación y dije: «No, esto está todo mal», y empecé a cambiar palabras.
H: Pensá que cuando empiece el taller de publicación, en octubre, vas a tener un editor o una editora. Una persona que va a estar haciéndote sugerencias, leyendo cada cuento, revisando. Vas a tener mucha contención y no te vas a sentir solo en el trabajo.
J: Es que nadie me leyó nunca, en realidad.
H: ¿Nadie es nadie o gente de tu familia, tus amigos?
J: Intenté. Cumplí años en mayo y quise hacer algunos cuentos de familia para regalárselos a mis hijos.
H: ¿Tus hijos qué edad tienen?
J: Treinta y treinta y tres.
H: ¿Y sospechás que no hubo lectura?
J: Todos están ocupados. Mi hijo menor sí, de hecho veo que ya compró un libro. Yo soy medio obsesivo: hice una planilla con cada cuento, cruzando personajes, personaje primario, secundario. No sé si sirve.
H: Sirve muchísimo. Ya te vas a dar cuenta en el taller de que eso que estás haciendo es fundamental.
J: Hay muchos cuentos de mi infancia. Uno lo escribí hace como veinte años, estando en Nueva York. Me agarró un bajón y me puse a escribir. A partir de ahí empezaron a salir otros. Está el cuento de las tías y la lotería, otro de cuando vivía en un almacén porque mi familia tenía un almacén, otros donde convierto a mis padres en ratas. Tengo varios que todavía no subí. ¿Conviene subir todo?
H: Subí todo. Después con tu editor vas a ir viendo qué queda. Para un libro de cuentos tenemos un rango ideal de veinte a veinticinco mil palabras. Dentro de ese mundo podés poner todo lo que quieras y seleccionar. Y nunca pienses que un cuento descartado se pierde: siempre queda guardado para otro libro.
J: Sí, obvio. Después, con el bajón por la identidad y por el violín, escribí tres cuentos que cuentan mi biografía desde los violines.
H: ¿Cómo es eso?
J: Tuve tres violines: uno italiano, uno alemán y otro francés. Cada uno cuenta la etapa que vivió conmigo, o lo que se supone que vivió. El alemán es un facho tremendo que me trata bastante mal. El italiano es recariñoso y el francés me habla desde el placar ahora.
H: O sea que hay bastante de autobiográfico, aunque sea muy creativa la forma de contarlo. Estás vos metido en todos los cuentos.
J: En todos. Incluso cuando no lo digo. Hay uno sobre una obsesión por juntar tacitas antiguas y un tipo que arma escenas para usarlas. En realidad soy yo. Son mis obsesiones.
H: Excelente. Contame un poco qué pasó después del accidente. ¿No vas a poder tocar el violín durante un tiempo o ya no lo vas a poder hacer?
J: No, no lo voy a poder hacer.
H: Qué cagada. ¿Cómo te cambió la vida eso?
J: Mucho. Yo trabajaba viajando, haciendo giras, tocando tango, con Forever Tango y con otros grupos. Eso no lo puedo hacer más, obvio. También daba clases en orquestas infantiles y juveniles por los barrios. Armé una orquesta en una escuela especial, un proyecto divino, pero ya no podía más con eso. En Ciudad pedí licencia y seguiré dando clases de otra manera, sin tocar.
H: O sea que te queda tiempo para la escritura.
J: Todo. Hace nueve meses que no hago nada más que esto.
H: ¿El accidente te deja dolor físico?
J: Un poco sí, pero estoy medicado y estoy bien. Puedo escribir, puedo manejar los brazos. Estoy haciendo quinesiología.
H: Nosotros vamos a empezar el taller la primera semana de octubre. El taller no es lo más importante: es la comunicación conmigo y con todos los autores de esta colección, donde voy a ajustar ciertas tuercas globales: personajes, tensión, ritmo, progresión. Después todos los autores tienen un editor asignado que, como un Virgilio del Dante, los sigue durante todo el proceso.
J: Sí.
H: Y yo me encargo más que nada de lo personal con cada autor y del libro como objeto: la portada, la imagen, el color, el título definitivo, la contratapa, un pequeño prólogo. Octubre y noviembre son de edición. Diciembre es corrección y maquetación. A finales de diciembre entra a imprenta y en enero salen los libros. Ese es el caminito ideal.
J: Sí, sí.
H: Así que te espero en la clase. Me encantó conocerte y vamos a seguir charlando personalmente.
J: Muchísimas gracias.
H: Te mando un abrazo grande.
J: Gracias. Chau.
H: Chau, chau.