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AGUSTíN LANDABURO LARREA / SIGNOS IMAGINARIOS

«Después de los 60, o tomás todo como un juego o sos un viejo choto»

Agustín Landaburo Larrea nació en Tigre en 1965 y vive desde hace 35 años en San Rafael, Mendoza. Después de una vida atravesada por las artes marciales, la meditación, el taichí y el coaching, a los 58 decidió empezar a escribir. «Signos imaginarios» —título todavía en discusión— reúne diecisiete relatos nacidos de esa nueva etapa y de varios años de talleres y reescrituras.

PRIMERA CONVERSACIÓN · 5 de octubre de 2026 · 17:00

HERNÁN CASCIARI: Agustín, ¿naciste en San Rafael?

AGUSTÍN LANDABURO LARREA: No. Nací en 1965 en Tigre, provincia de Buenos Aires, cuando Tigre era el lejano norte. Hace 35 años emigré a San Rafael y no me arrepiento. Esto es un paraíso.

H: ¿Y qué hacés de tu vida?

A: Empecé muy joven con las artes marciales. Después seguí con meditación, siempre en una búsqueda, con algún mambo medio raro. En los años ochenta enganché con el taichí.

Cuando terminó el gobierno militar llegó un maestro chino que primero había emigrado a Brasil pensando que se iba a llenar de oro. No le dieron mucha bola y terminó bajando a Buenos Aires. Ahí lo conocí y empecé a tomar clases.

Con los años también hice una certificación en coaching ontológico en la Universidad Nacional de Cuyo. Hoy reparto mi tiempo entre las clases de taichí y las sesiones de coaching.

H: ¿Y cuándo aparece la escritura?

A: Cuando cumplí 58 me agarró el viejazo. Pensé: “Mierda, todavía me quedan como treinta años de vida. ¿Qué voy a hacer? Ya hice de todo”.

Entonces decidí hacer lo que más me gusta, que es leer. Y pensé que si podía leer, podía escribir.

H: ¿Y empezaste directamente?

A: En ese momento cayó en mis manos una entrevista a Carlos Busqued. Te juro que me iluminó.

H: Qué grande Carlitos. Incluso desde otro plano sigue iluminando gente.

A: Sí. A partir de ahí empecé a tomar clases con gente que estaba en el tema. Fui probando talleres hasta que encontré a Gabriel Hernández, un politólogo de Buenos Aires que tenía un taller llamado El desfiladero. Trabajamos juntos un año.

Después Gabriel consiguió un trabajo en serio y dejó el taller, así que volví a buscar. Ahora trabajo con Lucía, una profesora de Literatura que durante muchos años dio clases en Luján y después empezó con talleres virtuales.

Es una genia. Me encanta la cabeza de los jóvenes. Me parece maravilloso.

H: ¿Y Signos imaginarios es el libro que salió de todo ese recorrido?

A: Sí, aunque todavía estoy dudando con el título. No sé si son signos o símbolos; tampoco sé si imaginarios o perdidos.

H: Tenés dos meses de edición para descubrirlo.

A: Exactamente. Son relatos que fui escribiendo desde que empecé con Gabriel. Y los fui corrigiendo, cortando, sacando. Me encanta corregir. Me encanta, me encanta, me encanta.

Últimamente, trabajando con Lucía, conocí el concepto de rizoma, la idea de línea de fuga, y me interesó mucho. En el medio también descubrí a María Negroni, que me gusta muchísimo.

Pero básicamente el libro son relatos.

H: ¿Qué clase de relatos?

A: Me atrae mucho lo extraño, cierto clima cercano al new weird. También leo a Flor Canepa, que anda un poco por ahí.

Tengo una facilidad para irme hacia lo poético. Lo que me cuesta es bajar a tierra. Los cuentos tienen buenas devoluciones de mis compañeros de taller y de la profesora, pero si vos me decís “pedí un sándwich de milanesa”, se me complica.

H: ¿Cuántas historias tiene el libro?

A: Diecisiete.

H: ¿Y cuántas palabras?

A: Veinticinco mil y algo.

H: Perfecto. Durante la edición vas a trabajar para mantenerlo dentro de un rango aproximado de entre veinte mil y veinticinco mil palabras.

Desde mañana vas a tener un editor o editora asignado y durante octubre y noviembre van a trabajar relato por relato. Las devoluciones editoriales son sugerencias, no órdenes. Te podrán decir que a un cuento le falta una vuelta de tuerca, que determinada escena sobra o que quizás haga falta desarrollar otra.

Al mismo tiempo, todos los martes a las siete de la tarde vamos a tener el taller de publicación con los 64 autores de esta camada.

A: Estuve mirando el material que mandaron y la propuesta está clarísima. Quería agradecerte. Me parece una posibilidad lindísima trabajar de esta manera. Me parece muy generoso y muy abierto.

H: También es muy divertido. Tratamos de que todo el proceso sea un juego. No hay que sentir ninguna etapa como una obligación. Si aparece un viaje, un problema o cualquier cosa y hay que pausar, se pausa.

Lo ideal es acompañar los tiempos porque facilita el trabajo de todos, pero la idea es disfrutar la edición, la corrección, las clases y también la comunidad que se arma entre los 64 autores.

A: Con los tiempos no creo tener problema. De acá a enero no tengo nada importante previsto. La única dificultad es que los martes a las siete trabajo con un grupo histórico que me da cosa mover porque es gente grande y les cuesta acomodarse.

H: Las clases quedan grabadas. La única diferencia es que en vivo podés preguntar e interactuar, pero las podés ver una hora o dos días después sin ningún problema.

A: Ya hice así las clases de Camila. Las vi en diferido y me encantaron. Yo siempre estoy aprendiendo.

Y con respecto a tomar esto como un juego, después de los sesenta no hay muchas opciones: o tomás todo como un juego o sos un viejo choto.

H: Exactamente. Una cosa o la otra. No hay punto intermedio.

A: Así que por ese lado, tranquilo. Estoy contento. ¿Qué querés que te diga? Estoy contento.

H: Buenísimo. Entonces nos vemos mañana.

A: Dale. Un abrazo grande y gracias por tu tiempo.