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Prólogo de Hernán Casciari

Federico llegó tarde a la escritura, pero llegó por una puerta hermosa: la oralidad

Sobre Yo venía en contramano

PRÓLOGO · 19 de mayo de 2026 · 17:26

Hay libros que se escriben para contar una vida, y otros para no perder una música. Yo venía en contramano parece nacer de esa segunda urgencia: rescatar la voz de los que contaban historias antes de que alguien pensara en escribirlas.

En estas páginas están el padre, el tío, la madre en bicicleta rumbo al jardín, los amigos, los personajes mínimos que suelen desaparecer si nadie los vuelve relato. Federico Ferraro entendió algo sencillo y profundo: que una anécdota familiar, bien mirada, puede tener la misma dignidad narrativa que una gran ficción. De ahí viene la energía de este libro. No trabaja con recuerdos para preservarlos como estampitas sino para ponerlos a vivir otra vez. En muchos de estos textos hay picardía, hay ternura, hay humor, pero también una pregunta persistente por aquello que nos forma. Incluso cuando un cuento parece desviarse en una reflexión, lo que late debajo es otra cosa: el deseo de envolver un recuerdo hasta volverlo compartible. Ese gesto —que apareció también en la charla cuando habló de las historias contadas en los asados— es la poética secreta del libro. No es casual el nuevo título: Yo venía en contramano. Tiene algo de declaración y de método. Ir a contrapelo, mirar donde otros no miran, convertir episodios domésticos en pequeñas aventuras narrativas. Federico llegó tarde a la escritura, pero llegó por una puerta hermosa: la oralidad. Y eso se nota. Estos cuentos tienen oído. Saben escuchar antes de escribir. Quizás por eso dejan una sensación rara y valiosa: la de haber pasado una tarde larga oyendo a alguien contar bien. Y pocas cosas son tan difíciles —ni tan memorables— como eso.