Gastón tenía diez años cuando su familia tuvo que irse de Pilar porque su padre había sido amenazado. De un día para otro, el chico criado en un pueblo conocido quedó a cargo de llevar a sus hermanos a la escuela por calles que no conocía. La adaptación empezó en un potrero. El fútbol le permitió entrar en un grupo de chicos más despiertos, más adelantados en ciertas cosas, capaces de mostrarle un mundo que hasta entonces la inocencia del pueblo le había mantenido lejos. Muchos años después, esa escena volvió convertida en relato.
Durante buena parte de su vida, Gastón escribió sobre historia, educación y política: fue profesor, director de escuela, publicó ensayos y sostuvo columnas periodísticas. Cuando se jubiló, decidió cambiar también la materia de su escritura. Quiso hablar de las cosas que le importaban, de la familia, de los recuerdos y de las situaciones pequeñas que terminan explicando una época entera. Desde entonces publica una historia cada domingo, la lleva a la radio, la convierte en podcast y después vuelve sobre ella hasta encontrar su forma definitiva. Algunas piezas conservan el pulso de la crónica; otras encuentran un personaje, un conflicto y se transforman en cuentos. La diferencia importa menos que el origen común: una vida observada por alguien acostumbrado a buscar en el pasado las razones del presente. Gastón llama tiempo de descuento a los años que comenzaron después del trabajo y las obligaciones. Pero no escribe como quien espera el final del partido. Escribe como quien acaba de descubrir que los minutos agregados pueden contener las mejores jugadas.