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Prólogo de Hernán Casciari

Renata está acostumbrada a resolver y dominar todos los escenarios

Sobre Tartar de amor rojo

PRÓLOGO · 6 de agosto de 2026 · 11:51

Tartar de amor rojo trabaja sobre una zona que la ficción romántica suele prometer y después esconder: el amor, cuando llega en la madurez, no llega limpio. Llega con biografías previas, trabajos, hijos, cansancio, deseo acumulado, miedos viejos y una enorme necesidad de volver a sentir.

Renata es una mujer fuerte, acostumbrada a resolver, a sostener, a dominar los escenarios en los que se mueve. Pero cuando aparece Roby, esa seguridad empieza a desarmarse. Lo que viven juntos tiene la intensidad de las grandes historias amorosas: encuentros, viajes, escenas de pasión, declaraciones que parecen capaces de justificar cualquier riesgo. Sin embargo, entre un encuentro y otro aparecen huecos. Algo no cierra. Hay señales, demoras, contradicciones, promesas excesivas, gestos que reparan y al mismo tiempo inquietan. Fabiana Asorey construye una novela sobre esa oscilación peligrosa entre fantasía y realidad, entre lo que una persona ve y lo que necesita creer para seguir adelante. El mundo laboral de Renata, con sus hipocresías y tensiones, dialoga con su mundo afectivo: en ambos lugares hay máscaras, poder, seducción y pequeñas traiciones. La novela avanza como una pregunta que se vuelve cada vez más incómoda: cuánto de ese amor es verdadero y cuánto pertenece al relato que los amantes fabrican para no perderlo. En esa fricción aparece su mayor fuerza. Porque no habla del amor ideal, sino de un amor adulto, contradictorio, voraz, capaz de encender una vida y también de dejarla al borde del derrumbe, cuando ya nadie sale ileso de sus propias decisiones.