Ariel Moncalvo parece escribir del mismo modo en que vive: haciendo varias cosas al mismo tiempo y sin pedir permiso. Padre de cuatro hijos, trabajador de oficina, curioso crónico y entusiasta de cualquier disciplina que se le cruce, encontró en la escritura un hilo conductor que atraviesa todas sus versiones.
No empezó sintiéndose escritor. De chico leía, hacía deporte, y cuando alguien le decía que escribía bien, le sonaba más a sorpresa que a destino. Pero las señales insistieron. En la escuela, en la facultad, en una frase que alguien le dijo una vez: no dejes para mañana las ideas que se te ocurran. Años después, en Italia, lejos de todo, empezó a escribir en otro idioma. Y ahí algo se acomodó. Sin tregua reúne ese recorrido disperso y lo convierte en una mirada: historias atravesadas por un país que no da respiro, donde lo cotidiano puede volverse absurdo, trágico o profundamente humano en cuestión de segundos. Ariel viene de la técnica, del mundo corporativo, del guion, del teatro, de la cocina, de la vida práctica. Y sin embargo, en estos cuentos aparece otra cosa: una necesidad de narrar lo que pasa cuando nadie está mirando demasiado. Hay humor, hay crítica, hay escenas que podrían haber pasado ayer o hace treinta años. Pero sobre todo hay una energía constante, una sensación de movimiento que no se detiene. Como si escribir, para él, fuera otra forma de no quedarse quieto.