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Prólogo de Hernán Casciari

José creció en Teodelina, donde las anécdotas se vuelven memoria compartida

Sobre Resulta que hemos hecho un buen trato

PRÓLOGO · 15 de septiembre de 2026 · 22:26

José creció en Teodelina, un pueblo donde las anécdotas compartidas entre amigos terminan formando una especie de memoria común. Durante años las contó en voz alta; recién hace poco empezó a escribirlas. Pero al llevarlas al papel descubrió que debajo de aquellos episodios también estaban sus temores: la muerte, la soledad, la enfermedad y la posibilidad de perder los recuerdos. Un diagnóstico reciente de epilepsia volvió más concreta esa inquietud.

Desde entonces toma dos pastillas por día y observa con otra atención todo aquello que ocurre en la cabeza, ese lugar donde guardamos lo que fuimos y donde también podemos empezar a perderlo. En uno de sus relatos, un nieto cuida a un abuelo de noventa y dos años que padece Alzheimer. El hombre mira la fotografía de su esposa muerta y pregunta si es la madre del muchacho. En ese instante, el nieto se pregunta si su abuelo no habrá muerto ya de otra manera, aunque todavía permanezca sentado frente a él. Otras historias buscan decir aquello que José nunca pudo hablar directamente con sus seres queridos. La ficción se convierte entonces en un mensaje lateral, una pregunta que viaja escondida dentro de cuentos donde no hay superhéroes, donde los protagonistas son hombres y mujeres comunes que juegan al truco, escuchan cumbia santafesina, lloran en silencio y afrontan sus problemas como pueden. En estos quince relatos, la infancia y la muerte no son extremos opuestos. Son las dos orillas desde las cuales José intenta comprender por qué una vida limitada puede, precisamente por eso, resultar tan valiosa.