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Prólogo de Hernán Casciari

Marina empezó en talleres y llegó a publicar en una revista vecinal

Sobre Prohibido estar triste en Brasil

PRÓLOGO · 15 de septiembre de 2026 · 22:27

Un cumpleaños, veinte ejemplares caseros y una discusión memorable pueden ser también el comienzo de un libro. Una persona muy cercana a Marina quiso sorprenderla reuniendo sus textos en una edición artesanal; la idea era hermosa, hasta que decidió corregirle frases y tocarle oraciones. Hubo libros volando, fastidio y, sobre todo, una certeza: esas historias merecían una forma propia.

La escena dice bastante sobre el origen de estos cuentos. No nacen de un plan largo ni de una vocación organizada desde siempre, sino de una escritura que fue apareciendo en talleres, casi siempre en el tiempo breve de un ejercicio, y que después siguió creciendo sola. Marina estudió abogacía, trabajó en urbanización de villas y hace años vive entre Uruguay y Brasil, lejos de la ciudad donde nació entre médicos, hospitales y el Clínicas como paisaje familiar. Todo eso, de una manera u otra, aparece transformado en una literatura que parece confiar mucho en el desvío: una anécdota íntima que se vuelve extraña, una escena cotidiana que de pronto tuerce hacia lo absurdo, un recuerdo que no quiere quedarse quieto en la memoria. Hay relatos más cercanos a la experiencia y otros que se alejan con libertad, pero en todos se percibe la misma energía: una voz que observa con ironía, que no le tiene miedo al ridículo ni al desborde, y que entiende que el humor y la incomodidad suelen compartir la misma mesa. Marina empezó escribiendo en talleres; después llegaron algunas publicaciones en una revista vecinal. Ahora esas piezas encuentran por fin el lugar que les faltaba: no una sorpresa improvisada, sino un libro de verdad.