Alejandro Higa encontró una forma rara y hermosa para contar a sus padres: empezar por una historia que parecía principal —su encuentro con Luca Prodan— y descubrir que lo más hondo estaba en las notas al pie.
Ahí apareció el libro verdadero, en esos pliegues laterales donde cabían el padre, la madre, Okinawa, la guerra, el viaje en barco, la tintorería, el amor por necesidad que también puede volverse amor, los hijos, las pérdidas y esa vida familiar que no avanza en línea recta sino por dobleces. El padre de Alejandro quedó en Japón cuando sus padres partieron hacia la Argentina, pasó años con un tío, atravesó una posguerra dura y después cruzó el mundo para reunirse con los suyos. La madre, fuerte, práctica, dirigente en su modo de estar en la vida, llegó con una hija y armó una familia nueva. En el medio quedaron escenas casi policiales, como ese padre citado por una jueza para explicar qué hacía un tintorero en un congreso de estudiantes secundarios, y escenas de dolor más callado: una hermana muerta, una sobrina perdida, hospitales, enfermedades, infartos, poemas, olores de panadería, fútbol, militancia, humor. Alejandro no escribe para ordenar una genealogía japonesa en la Argentina, sino para entender cómo se dobla una vida sin romperse. Cada recuerdo funciona como papel marcado por una mano paciente: una vez abierto, revela una figura que antes no estaba.