Un día, Luciana Cornaglia escuchó una frase que le cambió la forma de recordar a su abuela: Sally había querido ser partera y no la dejaron. Hasta entonces, la imagen familiar era otra: la abuela amorosa, cercana, refugio de tres nietos, la mujer que enseñó a leer y escribir a una nena antes de los cuatro años, la confidente de los primeros amores, la casa donde siempre había comida, cuidado y una ternura que a veces no encontraba en otros vínculos.
Pero detrás de esa abuela existía una mujer que también había deseado una vida distinta. Mi abuela, esa mujer nace de ese descubrimiento. Luciana reconstruye a Sally con recuerdos propios, relatos de su madre, aportes de sus hermanos y una pregunta que crece a medida que avanza el libro: cuántas mujeres quedaron escondidas detrás de la palabra abuela. La biografía se vuelve entonces homenaje, reparación y también ficción. Porque Luciana no solo quiere contar lo que fue. Quiere regalarle a Sally una escena imposible: verla asistir el parto de su bisnieta, volver a ocupar el lugar que la época le negó, cerrar la historia desde el deseo y no desde la pérdida. En ese gesto está la emoción del libro. No se trata de corregir la vida, porque nadie puede hacerlo. Se trata de mirar de nuevo a alguien querido y descubrir, demasiado tarde pero todavía a tiempo, que el amor también puede consistir en devolverle una posibilidad.