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Prólogo de Hernán Casciari

Acostumbró el cuerpo a protocolos, diagnósticos y decisiones donde el margen de error importa

Sobre Marionetas montevideanas

PRÓLOGO · 18 de junio de 2026 · 19:16

Durante años, Gabriela Pascal trabajó como cardióloga. Acostumbró el cuerpo a protocolos, diagnósticos y decisiones donde el margen de error importa. Al mismo tiempo llevaba otra vida menos visible: una niña que pasaba domingos enteros encerrada con libros, una adolescente que convirtió la lectura en refugio porque una enfermedad le había prohibido el ejercicio físico, una mujer que atravesó pérdidas y encontró en la literatura una forma de ordenar el dolor.

Marionetas montevideanas parece nacer de todas esas versiones. Los cuentos reunidos aquí tienen mujeres al frente. Mujeres que desean, dudan, sostienen vínculos, cargan heridas o avanzan por territorios incómodos. Montevideo aparece como escenario, pero también como carácter: la rambla sur, Ciudad Vieja, barrios donde el viento del río parece mezclar memoria y presente. Gabriela empezó a escribir ficción hace pocos años, después de talleres y lecturas que le hicieron pensar algo decisivo: quizá ella también podía contar historias. La sospecha terminó convertida en un libro. Hay algo conmovedor en ese recorrido. Después de una vida dedicada a cuidar corazones ajenos, aparece el impulso de mirar con atención las grietas propias y las de otros. Estos cuentos conservan esa doble condición: observan con precisión y sienten sin pudor. Tal vez por eso producen cercanía. Porque entienden que casi todas las personas esconden duelos, miedos o preguntas que nunca dijeron en voz alta. Y porque recuerdan que incluso una vida muy ordenada puede abrir, de pronto, una puerta inesperada hacia la imaginación.