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Prólogo de Hernán Casciari

La experiencia del cáncer aparece narrada con valentía e ironía

Sobre Lo que sostienen las manos

PRÓLOGO · 20 de julio de 2026 · 18:25

Lo que sostienen las manos reúne relatos escritos durante diez años, pero no suena a archivo ni a recopilación: suena a cuerpo que aprende a hablar. Silvia Albuja Hernández escribe desde una zona donde la memoria no aparece como idea abstracta, sino como algo físico: una vértebra que se fractura, una enfermedad que ocupa la casa, una infancia en Ecuador, una vida migrante en España, unas manos que sostienen o castigan, un nombre familiar que todavía conserva su propia música.

En estos cuentos el cuerpo no es solamente aquello que duele; también es aquello que recuerda, se desplaza, se defiende, se avergüenza, pierde el miedo y finalmente se anima a decir. Hay un recorrido vital detrás del libro: la escritura que empezó en la infancia con cartas al padre, que quedó dormida durante años y volvió después del divorcio como una forma de recuperar voz. También está la experiencia del cáncer, nombrada con ironía y una valentía que no busca épica, sino verdad. El tumor puede llamarse Juan Carr, un padre puede llamarse de cualquier forma, una escena familiar puede guardar ternura y violencia al mismo tiempo. Esa mezcla es la fuerza de estos relatos: no separan lo íntimo de lo político, ni la herida del humor, ni la fragilidad de la lucidez. Lo que sostienen las manos es un libro sobre moverse de país, de edad, de piel y de miedo. Y sobre descubrir que a veces escribir no cura, pero sostiene con manos propias, abiertas, tercas, disponibles para seguir contando sin pedir permiso más.