Cristina Elena Insua es aficionada a los rompecabezas y eso parece explicar bastante bien este libro. No porque su vida esté rota, sino porque su memoria funciona por piezas: primero los bordes, después una zona azul, más tarde una isla, una carta, una despedida, una casa perdida por la inundación, una madre muerta en España, un padre que muere mientras ella está en Indonesia y la tierra tiembla.
Lo que el mar no se llevó nace de esa forma de recordar. Cristina creció cerca del Atlántico, entre San Antonio Oeste, Las Grutas y Rada Tilly, con abuelos gallegos que también tuvieron al mar como margen y destino. Es psicóloga, escribe desde siempre, guarda cartas, diarios, poemas, dibujos, rastros familiares. A los dieciocho ya le escribía a una hija futura que tendría mucho después. Más tarde encontró las cartas de amor que su madre le mandaba a su padre durante años, y entendió que ahí había una mujer distinta de la que había conocido como hija. El libro avanza así: no en línea recta, sino como avanzan las olas, con idas, regresos y hallazgos. Hay amores, duelos, viajes, un nieto recién nacido, objetos que sobreviven y una autora que intenta ser buena anfitriona de su propio caos. Lo que el mar no se llevó, al final, es eso: lo que todavía insiste, lo que pide lugar, lo que merece quedar escrito antes de volverse espuma.