Georgina Juri podía subirse a un taxi de madrugada, llamar a su abuela y viajar más tranquila mientras escuchaba su voz del otro lado. Esa escena explica mejor que cualquier definición quién fue esa mujer para sus nietos.
Después de la muerte de su madre, cuando Georgina tenía dieciocho años, la abuela dejó de ser solo una abuela fantástica —la que cosía ropa, preparaba comida, llenaba táperes, recibía cada semana a la familia y llevaba a los nietos a la cancha de Boca— para convertirse también en sostén, casa y compañía. Llamáme cuando llegues nace de esa presencia. No es un libro fúnebre, aunque la pérdida esté en el origen. Tampoco busca convertir a la abuela en santa familiar. La muestra divertida, irónica, fanática, noctámbula, fuerte, trabajadora, capaz de armar vínculos diferentes con cada nieto y de dejar frases que todavía ordenan la memoria de los que la quisieron. Georgina escribe con la ayuda de primos, hermanos y tías, porque una vida querida nunca pertenece del todo a una sola persona. Cada testimonio agrega una pieza, una risa, un dato laboral desconocido, una anécdota que cambia el recuerdo. El resultado es un homenaje íntimo y coral a una mujer que cuidó de muchas maneras. Una abuela que, incluso después de muerta, parece seguir haciendo la misma pregunta: avisame cuando llegues.