La primera vez que Martín Silveri González se enganchó con una historia no fue leyendo novelas. Fue antes. Mucho antes. Con mitos griegos que aparecían en la casa porque los adultos detectaron una obsesión y decidieron alimentarla.
Después llegaron diez años en Murcia, el mar cerca, los amigos que se dispersaban por España durante una crisis económica, los cuentos escondidos al principio de los manuales escolares —que él leía antes que las consignas— y una costumbre antigua: inventar historias con su hermano mientras su madre improvisaba mundos para que los hijos completaran. Todo eso está lejos de La vida en Sheol. Y al mismo tiempo está adentro. Porque un universo con inquisidores, demonios hechos de partes y magia de sangre no aparece de la nada. Aparece cuando alguien pasa años preguntándose cómo funciona la gente. O por qué la historia humana, como él dice, resulta más surrealista que muchas ficciones. Martín tiene veintiocho años y este es su primer libro publicado. Hay algo emocionante en eso: llega sin oficio consolidado, sin una profesión que lo defina, sin una biografía literaria para exhibir. Llega con una saga entera en la cabeza, con personajes que todavía no terminaron de decir lo que vinieron a decir y con la sospecha de que habrá cuatro libros porque un solo mundo no alcanza. La vida en Sheol parece fantasía oscura, terror gótico o épica sobrenatural. Pero debajo de los inquisidores aparece otra cosa más reconocible: personas que intentan hacer el bien y fallan, decisiones irreparables, grupos que se rompen, culpa. O sea: humanos. Siempre terminamos escribiendo sobre humanos.