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Prólogo de Hernán Casciari

Santiago Gómez empezó a escribir antes de saber que podía convertirse en vocación

Sobre La simplicidad de lo evitable

PRÓLOGO · 12 de marzo de 2026 · 12:12

Santiago Gómez empezó a escribir antes de saber que podía convertirse en vocación. Fue el creador y director de los periódicos estudiantiles: pequeñas publicaciones hechas con entusiasmo que organizaba con compañeros y que, décadas después, todavía conserva.

En su casa los libros eran parte de la vida cotidiana y esa cercanía con la lectura lo llevó pronto a autores exigentes: antes de los quince ya leía a Kundera, mientras en la adolescencia llenaba cuadernos con textos sobre desamor. Sin embargo, su camino profesional tomó otra dirección. Se formó como economista, se convirtió en profesor universitario y desarrolló una sólida carrera académica, con más de una decena de libros publicados sobre conflicto armado, comunicación y economía. Durante años su escritura estuvo ligada a ese mundo: rigurosa, analítica, pensada para explicar fenómenos complejos. El desafío de La simplicidad de lo evitable fue, precisamente, salir de ese registro. Encontrar una voz distinta, capaz de contar historias sin el peso del lenguaje académico. El resultado es un conjunto de relatos donde la mirada crítica sobre la realidad se mezcla con elementos de realismo mágico, sátira y un terror apenas insinuado. Alcaldes perseguidos por sus propias decisiones, niños que descubren la generosidad en un mundo indiferente, personajes que enfrentan consecuencias inesperadas por actos aparentemente simples: los cuentos de este libro exploran una idea que atraviesa toda la obra de Gómez. Que muchas tragedias humanas no nacen de grandes conspiraciones ni de fuerzas misteriosas, sino de decisiones que, en su momento, parecían fáciles de evitar.