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Prólogo de Hernán Casciari

La niña grulla cuenta una vida como si fuera un papel que se dobla demasiadas veces

Sobre La niña grulla

PRÓLOGO · 10 de agosto de 2026 · 14:19

La niña grulla cuenta una vida como si fuera un papel que se dobla demasiadas veces. Clementina nace en una familia donde el deseo ajeno pesa antes que el propio: un padre que esperaba un varón, una madre atravesada por su dolor, adultos que aman y lastiman, vínculos que protegen a medias.

Desde chica aprende una forma de supervivencia: plegar lo que ocurre, hacerlo más pequeño, guardarlo en algún lugar donde no moleste tanto. Así se construye la metáfora que sostiene la novela de Magalí Zuchowicki: cada pérdida, cada traición, cada silencio, cada escena difícil se dobla como un papel hasta que Clementina termina convertida en una grulla. Pero vivir no puede ser solamente eso. Hay un momento en que ya no queda papel disponible, en que seguir doblando equivale a desaparecer. Entonces empieza el movimiento inverso: abrir, mirar, entender, dejar que la historia duela de otra manera. La carta que su madre le dejó sin abrir no funciona solo como revelación, sino como puerta hacia una reconciliación más compleja: no con una infancia ideal, sino con la infancia que fue. La novela atraviesa el suicidio, el divorcio, los vínculos amorosos, la amistad y la maternidad sin perder una respiración cercana, a veces incluso irónica, porque el dolor también tiene sus mecanismos de defensa. La niña grulla es una novela sobre romperse, sí, pero sobre todo sobre aprender que algunas alas aparecen recién cuando dejamos de doblarnos para sobrevivir y nos animamos a desplegar todo lo que dolía de verdad.