Cristian Blasco empezó escribiendo muy temprano, como empiezan casi todos los lectores voraces: creyendo que las historias eran algo que ocurría en los libros y descubriendo después que también podían construirse.
Durante años trabajó como guionista de historietas, fundó una editorial de cómics junto a su compañera y siguió alimentando una devoción antigua por el policial, esa tradición donde conviven el detective inglés creado por Arthur Conan Doyle y el padre Brown del escritor británico G. K. Chesterton, personajes que entendían que un crimen nunca habla solo del culpable sino también de la sociedad que lo rodea. La extraña desaparición de Martina Schultz parece dialogar con esa herencia, pero encuentra una forma propia: cinco relatos capaces de sostenerse por separado que, al reunirse, revelan una estructura secreta, como si debajo de los cuentos hubiera una novela respirando. Todo empieza con una desaparición y con una pregunta imposible de abandonar: qué hace una comunidad con aquello que nunca logra resolver. El libro nació de una vieja idea pensada para novela gráfica y terminó encontrando otro cuerpo, uno donde la violencia, la corrupción y la culpa aparecen menos como espectáculo que como cicatrices. Hay escritores que buscan cerrar misterios; Cristian parece más interesado en algo incómodo: mostrar cómo ciertas ausencias sobreviven durante décadas y terminan organizando la vida de quienes quedaron alrededor.