Judith creció entre arte, teatro y una educación que nunca le pidió elegir entre lo sensible y lo práctico. Pintaba desde los cuatro años, estudió arquitectura y aprendió temprano que la vida también sabe derrumbarse. La muerte de su padre cuando era adolescente, la AMIA, un incendio, la violencia, la crianza de una hija y más tarde el acompañamiento de una nieta y de una hija atravesada por su propia fragilidad fueron dejando marcas. Sin embargo, Judith no eligió contar una tragedia, sino una reconstrucción. Por eso la imagen del kintsugi —el arte japonés de reparar con oro lo que se rompe— le calza mejor que cualquier otra. Este libro nace de años de trabajo interno, terapias, búsquedas y una obstinación por volver a empezar. No cuenta una vida intacta, sino una vida recompuesta, donde cada herida sigue visible y, justamente por eso, puede transformarse en forma, belleza y fuerza.
Judith creció entre arte, teatro y una educación que nunca le pidió elegir entre lo sensible y lo práctico
Sobre Kintsugi
PRÓLOGO · 22 de octubre de 2026 · 17:38