La escritura de Salvador López Saubidet tiene algo que no suele ser tan visible en los primeros libros: una conciencia muy clara de sus propias insistencias. No escribe para descubrir qué le pasa, sino para entender por qué le pasa siempre de la misma manera.
En Hijo y amigo del rigor aparecen personajes que buscan, que se equivocan, que repiten, que se acercan y se alejan con una mezcla de torpeza y lucidez que resulta reconocible. Hay bares, viajes, encuentros que parecen casuales y no lo son tanto, porque en todos ellos late una pregunta persistente sobre el tiempo, sobre las decisiones y sobre la distancia entre lo que imaginamos y lo que finalmente ocurre. Lo interesante es que esa materia emocional no se desborda, sino que está trabajada con una disciplina que se vuelve parte del tono del libro. Cada cuento parece haber sido escrito, revisado y vuelto a escribir hasta encontrar su forma más precisa, sin perder la frescura de lo vivido. Esa tensión entre impulso y control, entre deseo y medida, es la que le da identidad al conjunto. López Saubidet construye un universo donde lo cotidiano se vuelve significativo no por lo extraordinario de los hechos, sino por la mirada que los ordena. Y en ese orden aparece algo más profundo: la intuición de que entenderse no es dejar de repetir, sino aprender a mirar de frente aquello que vuelve.