Hay una intensidad cuando lo que está adentro necesita salir con palabras para poder ser entendido. En En Primera Persona, Adriana Lacci escribe desde ese lugar donde la escritura deja de ser un hábito y se vuelve una forma de atravesar lo vivido.
Sus relatos no buscan embellecer ni ordenar la experiencia, sino sostenerla en toda su complejidad: la identidad, el cuerpo, la maternidad, la violencia, el duelo. Hay escenas que incomodan, otras que iluminan, y muchas que hacen ambas cosas al mismo tiempo. Lo notable es que esa materia tan expuesta encuentra una forma precisa, una respiración interna que organiza el libro sin domesticarlo. La voz avanza con una lucidez que no pide permiso, que se permite decir incluso lo que duele, y en ese gesto aparece algo más profundo que la confesión: una mirada que entiende que narrar también es una manera de reconstruirse. Lacci no escribe para explicar lo que pasó, sino para ponerlo en tensión, para volver a mirarlo desde otro lugar, para dejar que aquello que estaba fijado se vuelva, por fin, móvil. El resultado es un libro que interpela desde lo íntimo sin volverse hermético, que abre preguntas en lugar de cerrarlas, y que confirma que hay historias que solo encuentran su forma cuando alguien se anima a decirlas en primera persona.