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Prólogo de Hernán Casciari

Paola Georgeff llegó a este libro por varios caminos al mismo tiempo

Sobre El fin de la huida

PRÓLOGO · 27 de abril de 2026 · 19:24

Paola Georgeff llegó a este libro por varios caminos al mismo tiempo. El cuerpo fue uno: antes que escritora, antes incluso que comunicadora, Paola fue bailarina. Y eso se nota.

Hay en El fin de la huida una manera de avanzar que no es lineal ni puramente intelectual: el texto se mueve, gira, se expande, cambia de ritmo. El otro camino fue la lectura, que sí estuvo desde la infancia, acompañada por una madre y un abuelo que le acercaron libros y la hicieron crecer en un clima donde leer era algo natural. La escritura, en cambio, tardó más en mostrarse hacia afuera. Existían cuadernos, notas, apuntes, materiales íntimos, pero no todavía una conciencia de autora. Eso apareció después, y apareció con fuerza cuando la vida le pegó donde duele. De ese dolor salió un primer libro hecho casi a pulmón, un libro infantil que encontró muchos lectores y circuló gracias al boca en boca. No es un dato menor. Hay algo en su manera de contar que nace de una verdad muy vivida y que, justamente por eso, no necesita impostar nada. El fin de la huida trabaja con esa misma materia, aunque en otro registro: una mujer llamada Kiara recorre mundos, culturas y experiencias mientras intenta entender qué significa dejar atrás una vida para empezar otra. Lo interesante es que Paola no llegó a este libro pensando en géneros ni en etiquetas. Fue escribiendo y, en el camino, aparecieron la crónica, el ensayo, la espiritualidad, el viaje, la pregunta por las mujeres y por la identidad. A veces los libros más honestos son esos: los que descubren lo que son mientras se están escribiendo.