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Prólogo de Hernán Casciari

Un pibe solo en el borde de la ciudad: una historia bajo la intemperie

Sobre El cofre de las voluntades

PRÓLOGO · 6 de agosto de 2026 · 12:30

Un chico del conurbano se pierde una noche de tormenta, entre calles pobres, agua acumulada y una oscuridad demasiado conocida. Hasta ahí, la escena podría pertenecer al realismo argentino: un pibe solo, el borde de la ciudad, la intemperie.

Pero Manuel Biancardi Garat abre ahí una puerta inesperada. El lugar donde ese chico se extravía fue alguna vez un centro clandestino de detención, y esa grieta histórica lo empuja hacia otro mundo, uno donde la voluntad de las personas puede verse como colores y donde un gobierno autoritario, la Cúpula, intenta borrar justamente eso: el color, la diferencia, el deseo propio, la posibilidad de elegir. El cofre de las voluntades empieza como fantasía oscura, pero respira con una memoria muy nuestra. Sus militares no son una decoración de género: traen, aunque desplazado a otro universo, el eco de los años más brutales de la Argentina. El protagonista tiene demasiados colores, demasiada voluntad, demasiada singularidad para un sistema que necesita obediencia. Por eso debe sobrevivir. Manuel conoce bien los materiales con los que trabaja: la fantasía, el policial, Cortázar, el cuento extraño, la aventura y el miedo político. Este libro, pensado como primera parte de una trilogía, tiene algo que me interesa especialmente: no usa la imaginación para escaparse de la realidad, sino para mirarla desde un ángulo más peligroso. En ese otro mundo, cada color perseguido recuerda que ninguna dictadura empieza eliminando cuerpos. Primero intenta apagar voluntades.