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Prólogo de Hernán Casciari

En sus páginas, el Mundial no es solo un torneo ni un decorado sentimental

Sobre Diario mundialista. Relatos de un napolitano

PRÓLOGO · 29 de septiembre de 2026 · 18:20

Hay historias que empiezan en un estadio y otras que empiezan bajo una ventana. Esta nace en Nápoles, el día en que una multitud de argentinos desbordó la calle después de la final de 2022 y un hombre entendió que el fútbol, a veces, no festeja un resultado sino que parte una vida en dos. Hasta entonces, el protagonista arrastraba ruinas sentimentales, una hija lejana, un matrimonio roto y una sensación de extravío que ya no cabía en ninguna excusa.

Pero esa celebración, que mezcla la épica popular con la intimidad del derrumbe, se vuelve una señal. A partir de allí, la novela convierte la pasión por la Selección, por Maradona y por una Argentina imaginada durante años, en el motor de una travesía mucho más profunda: la de alguien que viaja para buscar un país y termina buscando una forma de volver a sí mismo. En sus páginas, el Mundial no es solo un torneo ni un decorado sentimental. Es una liturgia que ordena recuerdos, habilita encuentros y vuelve posible una metamorfosis. El amor aparece entonces no como recompensa, sino como destino improbable; la política, la memoria y la devoción futbolera se entrelazan en una voz extranjera que eligió el castellano rioplatense para contar su propia resurrección. Hay algo entrañable y verdadero en esa elección. Porque esta novela entiende que a veces una camiseta, una ciudad y una mujer pueden ofrecerle a un hombre exactamente lo mismo: una segunda oportunidad. Y hacerlo con una ternura inesperada, feroz y luminosa.