Augusto recuerda una habitación adolescente cuyas paredes estaban ocupadas por libros. En esos años empezó a escribir, pero después llegaron la facultad, las computadoras y la sospecha de que la literatura le exigiría demasiado. Dejó de hacerlo durante un tiempo, aunque nunca consiguió apagar del todo esa necesidad.
Volvió muchos años más tarde, cuando asistió a un taller junto con su hermana, y desde entonces escribe todos los días, a veces durante dos o tres horas, con una velocidad que parece querer recuperar el tiempo perdido. Su primer libro nació de noticias, temores reconocibles y situaciones que todavía podían ocurrir al día siguiente. Estos nuevos relatos avanzan un paso más: imaginan un futuro inmediato en el que los drones adquieren autonomía, las computadoras empiezan a sentir y la tecnología deja de ser una herramienta obediente para convertirse en algo difícil de comprender. No se trata de un porvenir remoto, lleno de planetas desconocidos o siglos imposibles, sino de una prolongación apenas torcida del presente. Augusto escribe mucho, descarta mucho y convierte cada idea en el comienzo de otra. De un proyecto policial surgió la posibilidad de una novela; de decenas de cuentos quedaron algunos afuera; de esos cuentos desplazados y de otros nuevos apareció este volumen; y detrás ya empieza a insinuarse una tercera parte, quizá situada en un tiempo donde la memoria misma se haya vuelto frágil. Esa continuidad revela que su verdadero territorio no es únicamente la ciencia ficción, sino la inquietud. Cada historia observa una tecnología conocida y se pregunta qué ocurrirá cuando dé un paso que nadie le pidió.