Hay escritores que necesitan alejarse para poder ver con claridad lo que dejaron atrás, y en ese movimiento aparece una voz que no pertenece del todo a ningún lugar pero que, justamente por eso, empieza a ser propia.
En Dejame que te cuente, porteño, Daniel Sacro escribe desde ese punto intermedio donde Buenos Aires ya es recuerdo y Lima todavía es presente en construcción, y en esa tensión arma relatos breves que funcionan como pequeñas piezas de identidad. No hay grandes artificios ni necesidad de explicar de más: cada historia avanza con la precisión de alguien que sabe que lo importante está en lo que se dice y, sobre todo, en lo que se deja resonando. El desarraigo, la paternidad, los vínculos y los códigos culturales aparecen filtrados por una mirada que mezcla humor, melancolía y observación fina, sin caer nunca en la nostalgia fácil. Hay una economía de recursos que no es casual, sino el resultado de años trabajando con la palabra en su forma más concentrada, y eso le da al libro un ritmo particular, como si cada texto encontrara su medida justa antes de cerrarse. En ese recorrido, la figura del hijo introduce una luz inesperada, un punto de apoyo que reorganiza todo lo anterior y le da sentido a lo que parecía disperso. Sacro construye así un libro donde contar no es solamente recordar, sino también entender desde dónde se está mirando ahora.