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Prólogo de Hernán Casciari

No era un proyecto ni una ambición literaria: era una necesidad

Sobre Cuentos breves para días eternos

PRÓLOGO · 18 de mayo de 2026 · 17:31

A los dieciocho años, cuando la vida todavía no encuentra un idioma propio, Alejandro Sánchez empezó a escribir como quien deja marcas para no perderse. No era un proyecto ni una ambición literaria: era una necesidad.

Ese gesto inicial —escribir para entender lo que pasa adentro— sigue latiendo en Cuentos breves para días eternos, aunque el tiempo haya agregado oficio, distancia y una mirada más precisa sobre lo que se cuenta. Los relatos del libro parten de situaciones mínimas, casi invisibles: una grieta en una pared, una conversación que se estira más de lo debido, una rutina que empieza a torcerse. Desde ahí, sin levantar la voz, la narración se desplaza hacia zonas donde la realidad deja de ser confiable. No hay golpes de efecto ni explicaciones cerradas; hay, en cambio, una incomodidad que crece de manera silenciosa. Sánchez observa con atención y escribe con una economía que potencia cada detalle: lo que no se dice pesa tanto como lo que aparece en la página. En ese equilibrio, los cuentos logran algo difícil: sostener una tensión constante sin recurrir a lo evidente. También hay una pregunta que atraviesa todo el libro, aunque nunca se formule de manera directa: cuánto de lo que vivimos es realmente nuestro y cuánto está condicionado por hábitos, culpas o deseos que no terminamos de comprender. Esa duda, persistente, es la que transforma cada historia en una experiencia que continúa más allá del punto final.