Marcela Suárez Adolfsson fue a buscar una foto y descubrió que su madre la había tirado. Era una imagen con su hermano en brazos, una de esas pruebas mínimas que a veces una vida necesita para decir: esto pasó, yo estuve ahí, yo también era una nena.
Charly y la nena que no quería llorar nace de esa falta y de todo lo que esa falta empuja. Marcela cuenta sus primeros catorce años desde la voz de esa chica que no quiere quebrarse, aunque alrededor todo parezca pedirle lo contrario: un hermano enfermo, hospitales, una madre que quería un varón y recibió primero una hija, un padre que hizo lo que pudo, un hermanito recién nacido, el Mundial del 78, la primaria, la secundaria, la culpa de estar bien cuando otro está mal. En ese paisaje aparece Charly García, no como decorado generacional sino como salvación privada. Sus canciones entran en la casa, en los colectivos, en los discos buscados por Corrientes, en esas escapadas a conciertos de barrio que terminan al amanecer con un padre furioso y una hija que solo puede responder: estaba Charly, ¿no entendés? El libro mira una zona poco contada: la infancia del que sobrevive sano dentro de una familia enferma. Y lo hace con una voz que no pide compasión. Apenas vuelve a ese lugar para entender por qué, durante tanto tiempo, llorar parecía imposible.