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Prólogo de Hernán Casciari

Los cuentos de Belén Cuppi están narrados por una niña que pregunta y malinterpreta el mundo

Sobre Amapola y los anteojos de ver bien

PRÓLOGO · 20 de julio de 2026 · 20:20

Amapola y los anteojos de ver bien propone algo más difícil de lo que parece: mirar el mundo infantil sin achicarlo. Los cuentos de Belén Cuppi están narrados por una niña que observa, pregunta, exagera, malinterpreta y, justamente por eso, entiende.

Amapola no es una heroína ejemplar ni una voz decorativa: es una conciencia en formación, curiosa, sensible, imaginativa, capaz de poner en ridículo las preocupaciones adultas y, al mismo tiempo, de rozar aquello que a los grandes más les cuesta nombrar. La plata, la inseguridad, los cuerpos, la escuela, los miedos, los vínculos familiares y las rarezas de la vida cotidiana aparecen filtrados por su lógica propia, una lógica que no simplifica el mundo, sino que lo vuelve más nítido. De ahí el título: ver bien no significa ver como los adultos, sino animarse a mirar desde otro lugar. En estos cuentos la infancia no es un decorado tierno, sino una forma intensa de conocimiento. La abuela, cómplice y referencia, acompaña a Amapola en ese aprendizaje donde preguntar vale tanto como responder. El libro puede ser leído por chicos, pero no se cierra sobre ellos: también invita a los adultos a reconocer cuánto de lo esencial se les fue volviendo opaco con los años. Belén Cuppi encontró una voz fresca y precisa para contar ese territorio compartido en el que una niña mira, entiende a su manera y, al hacerlo, nos enseña a mirar mejor. Y recuerda que crecer no debería costarnos la capacidad de asombro ni de juego.